Un dedo

Sabrina, la última niña rescatada en la castigada negritud haitiana, tenía su manita cerrada alrededor de un dedo ya putrefacto cuando la sacaron.

Un padre arrodillado. El hombre negro da las gracias a los médicos blancos que atienden a un niño y a una niña de tres y dos años. Los dos son sus hijos, un tercero está muerto, y acaban de ser arrancados con vida de entre los cascotes anteanoche a las dos de la madrugada. Lo escucho en la radio. El reportero blanco, Nicolás Castellano, casi llora al contarlo por su blanco teléfono móvil. No importa que el aparato no sea blanco, es blanco, ustedes me entienden. El periodista pasaba por allí y se comió el rescate enterito. Incluso logró subirse en la ambulancia con los críos y el padre, quien llevaba siete días delante de los escombros como un perro negro sin amo esperando un milagro blanco. Los tres, el padre y los dos críos serán incorporados a la vida tras pasar por un hospital militar custodiado por marines norteamericanos –todos blancos porque incluso los marines negros casi lo son–. Pero a cuál vida.

Haití brilla intermitente en la pantalla que recibe las noticias de las agencias de noticias. Junto al milagroso rescate de esos cuerpecitos que han sobrevivido casi enterrados durante una semana sin comida ni agua ni afecto, la pantalla parpadea con un último teletipo: ´Bank of America aumenta un 56,5% su beneficio neto en 2009´. Ayer un artículo de Luis del Val y otro de Carlos Carnicero denunciaban en este periódico que los bancos españoles cobran comisiones por las transferencias que los impositores están haciendo a las cuentas de las organizaciones de ayuda humanitaria en favor de Haití.

Poco antes de esos dos niños rescatados, Carla, también de dos años, había esperado atrapada en ese purgatorio de cascotes seis días, cuando ya se supone que no son necesarios los perros para olfatear la esperanza, sólo las excavadoras que escarban como si todo lo que arrancan estuviera muerto.

Un adulto también fue rescatado de entre los escombros gracias a la radio. Pero esta vez era una radio negra. La única emisora que emite en Puerto Príncipe desde el primer seísmo –ayer hubo otro sólo un punto inferior en la escala Richter que terminó de derruir los edificios afectados por el primero–, Signal FM, movilizó a decenas de haitianos que como zombis deambulan llenos de polvo y con un antiguo transistor agarrado junto a la oreja, y sacaron al hombre que velaba su esposa junto a la presunta tumba. Ese hilo poderoso e invisible, el amor que tanto nos avergüenza pronunciar y tanto se pronuncia en vano, llevó a la mujer hasta la emisora para hacer el llamamiento.

Una mirada, una caricia, una mano tendida, son la prueba del amor que no paga ninguna comisión bancaria. O un dedo.

Sabrina, la última niña rescatada en la definitivamente castigada negritud haitiana, tenía su manita cerrada alrededor de un dedo ya putrefacto cuando la sacaron. Un dedo de alguien que le dio su mano a esa niña para que tuviera a quien agarrarse contra la última soledad. Un dedo de amor.

La Opinión de Málaga. 21/01/2010. Domi del Postigo.

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