Archivo mensual: septiembre 2009

¿Quién debe pagar la crisis?.

El gran poeta francés Edomond Jábes decía de la vida que pasa: “eso sigue su curso”. Podemos decir lo mismo de la crisis mundial, y con el mismo tono desengañado y resignado. Porque aunque todo cambie rápidamente, nada cambia en profundidad. Los actores siguen siendo los mismos:  los defensores del capital y los representantes de los asalariados. Y, en medio, está la gran e ingente masa de los que nada temen. Pero el debate sobre cómo salir de la crisis ya está en marcha, tanto en EE.UU. como en Europa, y todos deberán pagar algo. Queda aún por saber quién tiene que pasar primero por caja.

Si planteamos la cuestión de la responsabilidad de la crisis, sabemos quiénes son los culpables: mercados financieros, especuladores delincuentes, banqueros poco escrupulosos, dirigentes políticos cómplices, y partidos políticos que han avalado de hecho este capitalismo especulativo sin ley alguna. Éste es un capitalismo que en el fondo se opone radicalmente a la gran demiocracia social basada en el equilibrio entre capital y trabajo, tal como funcionó  desde finales de la II Guerra Mundial hasta principios de los ochenta del siglo XX.

La Ley del nuevo sistema, que ha prevalecido desde entonces, es sencilla: exigencia de rentabilidad anual del capital totalmente irracional, a un nivel medio del 15 % al 20 %, y totalmente desconectada de la riqueza real de las empresas. Eso significa, pues, que el capital especulativo y el capital que se posee realmente están desconectados. Y, también, que se produce una sobreremuneración del capital. Pero este crecimiento de capital tenía que llegar de algún sitio.

Llegará de la compresión de los sueldos que caracteriza a todas las economías desarrolladas desde principios de los ochenta. Tanto en EEUU como en Europa, los salarios han evolucionado en realidad a la baja tendencial. Pero, ¿cómo mantener la actividad especulativa, a pesar de esta baja y con la consiguiente falta de ahorro interno?. Con el endeudamiento de las hipotecas inmobiliarias. He ahí unos casos de manual: Estados Unidos, Reino Unido, Irlanda o España. Y , en todas partes, la carrera desenfrenada por obtener beneficios no basados en el trabajo ha fomentado la aparición de productos financieros tóxicos y el sobreendeudamiento de las familias en un contexto histórico mundial de deflación salarial. De haí la crisis de las subprime, y la crisis financiera mundial.

Ahora bien, la falsedad de este sistema ha estallado hoy de verdad. Hemos pasado de una crisis de especulación financiera a una crisis económica, y de ésta a una recesión mundial. De ahí que aumente, y seguirá aumentando más aún, un desempleo masivo. ¿Como salir de esta situación?.

Hay dos visiones: la de los responsables de la crisis y la de las víctimas. Los responsables mantienen el discurso de siempre: ¡ que paguen los demás¡ Despues de que los gobernantes hayan entregado millones de dólares, euros y yens a los bancos, ahora exigen éstos, con el Sr. Trichet y el BCE a la cabeza, que se realice una “reforma” del mercado laboral, es decir, que los sueldos se rebajen más aún, que se reduzcan las compensaciones de desempleo y que la precariedad laboral sea la regla. Resumiendo: que las victimas paguen la crisis. Tras haberse opuesto en todo momento a una regulación de los mercados financieros, el sistema bancario nacional e internacional amenaza ahora a los Estados exigiéndoles que le rellenen sus arcas y, al mismo tiempo, que obliguen a los asalariados a aceptar los sacrificios que él mismo no quiere asumir de ninguna manera.

En EE UU, una cuarta parte de los asalariados sufren ya las consecuencias de esta política desde que empezó la crisis. En España, las reivindicaciones de la CEOE, que los bancos apoyan, son de precisión quirurgica: impugnar el coste de los despidos, reducir las cotizaciones sociales de las empresas, disminuir la indemnización de desempleo y, sobre todo, flexibilizar aún más el mercado de trabajo, aunque la Comisión Europea lleve años reprochándole a España sus sueldos excesivamente precarios. Los gobiernos están entre dos fuegos: el de los empresarios y los banqueros, a la ofensiva, y el de unos sindicatos que, todo hay que decirlo, están librando una batalla estrictamente defensiva.

¿Hay acaso otra solución? Sí que la hay, pero implica que cambiemos el curso de los acontecimientos. Que pongamos en marcha una reactivación económica distinta, que estimulemos el poder de compra aumentando los salarios, que garanticemos el crédito creando estructuras de garantía, que obliguemos a los bancos, con la presencia del Estado en sus consejos de administración, a invertir en proyectos sociales, etc. Pero cabe preguntarse: ¿son los asalariados capaces de imponer esta visión a los responsables de la crisis?.

Sami Naïr. El País. 11 de Julio de 2009.

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Avestruces en Sevilla. Antonio Hernandez Rodicio

Uno de los vicios más comunes de Sevilla es el de protestar por todo lo que hace el Ayuntamiento. Da igual lo que haga, la praxis colectiva es la protesta. ¡Primero quéjate y luego pregunta!. Esa sería una buena inscripción para blasonar el escudo de armas de la ciudad. A la vuelta del verano, al descubrir las calles enrejadas, las aceras levantadas y el polvicero suspendido en el aire, las protestas han arreciado.

Sin duda, los planes especiales de empleo del Gobierno y de la Junta de Andalucía han provocado más aperturas de zanjas y calicatas de lo normal. Sin embargo y al margen de ese zafarrancho coyuntural, pocas veces ha sido tan coherente el Ayuntamiento de Sevilla como lo está siendo ahora. Es difícil vivir en esta ciudad y no haberse enterado de que hay una apuesta institucional y política por la peatonalización de las calles, de forma especial en el centro histórico. Recuerdo haberle oído con toda claridad al alcalde que el proceso de peatonalización sería progresivo e imparable. Es más, cuesta trabajo creer que por parte de muchos se siga ignorando o se desconozca qué principios recoge el PGOU a estos efectos.

Un plan que fue elaborado con una importante participación ciudadana. Aunque parezca enfatizar lo obvio, la peatonalización de la Avenida de la Constitución no fue más que el arranque de un ambicioso plan de recuperación de las zonas más degradadas del centro, que penosamente coincidían con algunos de los entornos patrimoniales más relevantes. No es exagerado afirmar que a partir de entonces se trata de un nuevo centro, de un espacio humanizado, cualificado, que ha esponjado a favor del peatón y en contra del tráfico rodado. No es ni más ni menos que una apuesta que hace reconocible a las ciudades realmente modernas. Y ha sido una apuesta valiente, incluso osada. Ninguna corporación se había planteado siquiera transitar por ese camino.

Hasta ahora los sucesivos equipos de gobierno han dado por bueno el caos preexistente, sabedores de que la inercia histórica-histérica de la ciudad les beneficiaba, ya que nadie iba a reclamar peatonalización alguna. Una peatonalización que lo mejor que tiene es que es irreversible. Por supuesto que habrá a quien no le guste nada de lo que se ha hecho. Incluso algunos preferirán manifestarse adictos al dióxido de carbono antes que reconocer un acierto al actual equipo de gobierno. Y estarán en su derecho, pero tales comportamientos, más frecuentes de lo que cupiera pensar, ni empañan la realidad ni nublan el hallazgo que supone el espacio liberado de coches y ganado en buena lid por y para la ciudad.

Impulsada políticamente por el socio de Gobierno, IU, la ciudad vive en paralelo un coherente desarrollo del carril-bici. Un éxito sin precedentes que ha consolidado ya a Sevilla como una de las grandes urbes que más kilómetros de carril-bici ofrece. Otro proceso imparable e irreversible que conlleva la pérdida de vías para el coche. Las calles estrechan el espacio rodado para cederlo a la bici, las avenidas pierden carriles en beneficio de la bicicleta. No es ni más ni menos que una decisión política del gobierno PSOE-IU, que lleva a gala esta apuesta por una ciudad distinta, más sostenible, rabiosamente moderna.

Es posible que sigan las protestas, pero el que no se ha enterado de que Sevilla le ha declarado una guerra paulatina al coche y se ha conjurado para apostar por el transporte público es porque no quiere. No hay marcha atrás. Al contrario, el hábito irá exigiendo más y mejores infraestructuras para la bicicleta, sean carriles mejor diseñados, puntos de alquiler más accesibles o bicicletas de más calidad y siempre a punto. Tampoco se entiende de qué se queja la gente. Es un proyecto anunciado y vuelto a anunciar. Aunque también habrá a quien no le guste el carril-bici. Detractores del pernicioso desplazamiento a pedales, que de todo hay. Enemigos de esa forma de alienación impulsada por el gobierno social-comunista que está corroyendo las entrañas inmarcesibles de lo que hemos dado en llamar Sevilla.

Pero con ese frente anti-todo ya cuenta el gobierno de la ciudad. Deberían preocuparle más aquellos que protestan con razones objetivas y demostrables, los que se quejan no tanto por lo que se está haciendo, sino por como se está haciendo. Y en ese sentido caben críticas de todos los colores y tamaños.

Por ejemplo, el carril-bici ha emprendido una deriva en su desarrollo manu militari. La máquina está engrasada y no hace prisioneros. No existe, y si existe no se conoce, contacto alguno con los colectivos vecinales por donde discurrirá. Su trazado no se somete a sugerencias, los arranques de obras ni se negocian ni se anuncian. No se informa a los vecinos ni de qué obra se trata ni de cuánto durará. Ni siquiera informan del lugar al que han trasladado provisionalmente los contenedores de basura. Es un proceder absolutista. Y, desde luego, se me ocurren cien mejores formas de hacerlo antes de que el carril-bici se convierta en algo antipático hasta para sus propios defensores.

Ahí tiene tajo el alcalde, que anunció hace dos años y medio que esta sería la legislatura de “los pequeños detalles”. A día de hoy brilla por su ausencia un modo racional, ordenado, y transparente de hacer las cosas. Da igual que sea la Oficina de la Bicicleta tutelada por IU la causante de los estropicios, el alcalde recogerá los frutos del éxito del carril-bici y también debe pechar con sus averías. Y no sería la primera vez que se juzgue una gestión por las pequeñas cosas. Ese es el quid. Lo otro, la queja desaforada, debería preocuparle menos porque no van a desactivarla hagan lo que hagan: debe ser gente que entierra la cabeza bajo tierra.